Senda en terapia


Por primera vez era escuchada, nunca había sentido eso que se siente cuando alguien te mira y acompaña con respeto a tu vivencia interior. De pequeña sus padres estaban demasiado ocupados, tampoco sabían nada de esas pequeñas cosas que a una niña se le quedan marcadas, como una mirada, un gesto, una palabra malsonante, una frustración proyectada de mil maneras al inocente que carga con todas las palabras dentro. 

Así transportaba todo el dolor, ese dolor ajeno que creía debía transportar lo llevaba en una pequeña cajita, allí había unas libretas, regaladas en su séptimo cumpleaños, unos lápices con formas originales y algunos otros objetos que se compran en las librerías. Eran sus juguetes más pequeños en símbolo de una infancia robada. Cada mudanza en época de estudiante ella la transportaba sin dudar, de un lugar a otro. Cada experiencia vivida quedó apuntada en su mente, pero sin poder aún entenderlas del todo. 

Hasta que un día no pudo más, sin venir a cuento lloraba desconsolada, demasiadas cosas apuntadas en su mente sin poder descifrar. De vez en cuando le venía el recuerdo de una placa que siempre veía al pasar por una calle que frecuentaba, psicólogo, ponía y, sin pensarlo más, llamó. Al otro lado del teléfono una voz cálida le dio un hueco en su agenda, ella sintió la esperanza de encontrarse.

Muchos días relatando sucesos que venían a su mente, muchos sueños analizados, muchas situaciones escenificadas, revividas para recolocarlas en un sitio mejor, muchos regalos de gestos de comprensión, que habían sido escasos en su vida.

Cuando comenzaba a bajar la escalera de caracol que la enredaba con sus pensamientos, él no decía nada. En cuanto la empezaba a subir su cara cambiaba, reflejando el alivio de escuchar cosas comprensibles y constructivas, caminos que llevan a muchos sitios productivos. Así y de muchas otras maneras que él le marcaba sabiamente, aprendió las cosas más importantes de su vida y de su vocación, la que le llevaría a guiar por otras escaleras de caracol a tantas personas que necesitan esa mano que acompaña por laberintos que parecen no tener salida.

Cada semana salía de ese hogar interior para asimilar lo reflexionado mientras daba un paseo. A veces, se encontraba de nuevo con él y su pequeño perrito, se saludaban y ella continuaba su labor interior. Mil emociones agitadas durante años cual batido y ahora todos los posos se iban asentando poco a poco, cada uno en su lugar. Él era su figura de apego más importante, la que le ayudaba a comprender las dificultades de generaciones atrás, que a su vez, también habían tenido carencias en sus figuras de apego.

Él fue su apuntador de escenario, en aquel teatro tan cálido, el que era su consulta, donde se adentraba en mil personajes que construían sus propias obras de teatro, mientras él construía las suyas para ser representadas en el escenario de verdad, en el que le gustaba estar, en el que tantas obras dirigió, interpretó y también escribió, reflejando mil perspectivas de personas sufrientes que tan bien comprendía, con mirada exquisita.

Un día le ofreció a Senda interpretar personajes en aquel escenario pero Senda ya había elegido otro fuera de su ciudad, el que le llevaría a la gran aventura de su vida, la que por fin estaba deseando. Pero eso se verá en otros capítulos que, con el permiso de Senda, podré relatar.

Las lágrimas acudieron a sus ojos en aquel tren de su otra ciudad cuando se enteró de que él ya no estaba en el escenario habitual, se había ido al escenario invisible del recuerdo vivo de cada persona que lo conoció.

                         En homenaje y dedicado con cariño a José Fajardo Pedrera, mi psicólogo, mi mejor práctica y lección de psicología, de quien aprendí lo fundamental y más importante de cómo hacer mi profesión. Te recordaré siempre, y en cada sesión de mi trabajo, como hasta ahora. Gracias.

José Fajardo Pedrera, impulsor del movimiento cultural de Malpartida



Una tarde tranquila de verano tomada en Los Barruecos, en tu pueblo natal: Malpartida.