El psicólogo es para cuerdos


Que no te engañen, el psicólogo no es para locos, sino para cuerdos. Ya sabemos lo relativo que es el término "loco" y el mal uso que se le da, pero lo que es cierto es que todos tenemos una neurosis, digamos cierta tendencia a un comportamiento menos sano y que aparece con más probabilidad en momentos difíciles de nuestra vida o cuando más estresados estamos.


Cada etapa de la vida conlleva muchos aprendizajes que tenemos que afrontar, aprender de cada problema, tomar nota y seguir, es en lo que se basa nuestro desarrollo.

Hace falta madurez, valentía e inteligencia para captar que, a veces, ciertas circunstancias nos están sobrepasando, porque sobrepasan el límite de cualquier humano o a nosotros particularmente . Y digo también valentía porque cualquiera no está dispuesto a cuestionarse a sí mismo, a cuestionar algunos pensamientos y creencias, su forma de comportarse, en algunas ocasiones, y su forma de gestionar sus sentimientos, y para esto hace falta ser valiente.

Cuando la persona está sufriendo mucho, cuando cree que ha agotado todos sus recursos, es cuando suele tomar la decisión de acudir a un profesional. Es un momento crucial y supone un punto de inflexión en su vida, un buen comienzo para un cambio a mejor.

Hacer psicoterapia es explicar con tus palabras lo que te está ocurriendo, sólo esto ya tiene un efecto reparador, oírte hablar hace que tomes más conciencia de qué te está pasando. El terapeuta te ayuda a que esclarezcas las ideas en tu cabeza, te ayuda a ponerlas en el orden que necesitas. La primera vez que se acude a terapia es un momento importante en el que te pones en realidad frente a ti mismo, como en un espejo.

El psicoterapeuta se ha especializado en hacer las preguntas oportunas en cada momento, te ayuda a deshacer los pensamientos irracionales y a analizar las herramientas con las que gestionas las emociones, también te ayuda a ver y a cambiar la cadena de conductas que puedan estar manteniendo el problema.

La persona que se permite bucear en su interior y es capaz de cuestionar algunas de sus creencias demuestra tener salud psicológica. Son las personas que, con más probabilidad, tendrán un mejor  desarrollo en sus vidas, o las que están en disposición de aumentar su bienestar. Porque cada etapa de la vida requiere de diferentes recursos y, a veces, nos toca vivir cosas para las que nadie nos ha preparado.

También, con frecuencia, es ese niño interior el que se expresa en la consulta de psicología. Son muchas las experiencias frustrantes que quedan en el pasado y que emergen cuando tenemos una crisis o un cambio grande en nuestra vida. Esas experiencias quedan sin concluir o sin cerrar, como una herida en nuestras emociones, que esperan su oportunidad para ser curadas o al menos escuchadas y aliviadas. Así cogeremos la fuerza que necesitaremos para afrontar la etapa de nuestra vida en el presente.

A veces, no aparecen síntomas específicos pero la persona no se siente bien, o al menos podría estar mucho mejor, pero la ausencia de síntomas como ansiedad o depresión hace que quizá no repare en que su vida no le satisface o que es infeliz. Por eso los síntomas, al menos, son una reacción de la mente que señalan hacia un problema, como una alarma que reclama atención. Al igual que la fiebre es un síntoma físico de que el cuerpo reacciona como debe, de que funciona, los síntomas psicológicos también informan de que la mente funciona, reacciona cuando tiene que reaccionar y reclama atención cuando la necesita. Por eso tomar conciencia de que se necesita atención ya es síntoma de salud psicológica.

Otro ejemplo sería la creencia social que existe sobre la forma de beber alcohol, se piensa que beber mucho y que el cuerpo aguante es señal de salud física, y precisamente puede ser un ejemplo de que la alarma del cuerpo no está funcionando, las consecuencias pueden ser fatales.

Un claro ejemplo de lo que digo lo encontramos en la Alemania nazi. Ante un escenario en el que todos los soldados eran presionados para que mataran a los judíos, unos titubeaban, les suponía un conflicto moral en su interior, lo pasaban mal, otros ni lo dudaban y disparaban sin miramientos, habían conseguido de ellos un cerebro deshumanizado y bien adaptado a esas horribles circunstancias. 


Los soldados que lo pasaban mal o que eran incapaces de disparar, lo consiguieran o no, eran los que terminaban teniendo trastorno de estrés postraumático. ¿No es curioso? Los que tomaban más conciencia de lo que estaban haciendo eran los que terminaban con un problema psicológico. Aquí parece verse claro lo que es sano y lo que no, y cómo la mente responde pulsando la alarma ante algo que realmente era alarmante.

La creencia social, que a veces se oye, de que hay que estar muy mal para ir al psicólogo es incierta, realmente hay que estar muy bien para saber tomar esa decisión en el momento oportuno y aprovechar el trabajo personal que hagas, que no te engañen.