La ira: el motor de nuestra vida


La ira es una emoción básica y universal. Es una de las más complicadas de manejar y sus efectos pueden ser devastadores, pero como todo en nosotros tiene una función, en este caso de supervivencia para desarrollar rápido conductas de defensa-ataque, dando vigor a nuestra conducta y regulando la interacción social.

Detrás de muchas depresiones se encuentra la ira, pues lo que hemos hecho es anestesiarla dando lugar a la depresión, es fundamental detectarlo para saber cómo poner solución y cómo manejar el problema.
 

La ira es enfado y frustración acumulados, vamos a compararla aquí con una olla a presión llena de alimentos que queremos cocinar.

Primero hemos de asegurarnos de que la olla está limpia y en buen estado, los conductos de la válvula no deben estar obstruidos y debemos saber cerrarla y abrirla. Esto respecto a su mantenimiento.

Luego debemos saber los ingredientes que vamos a poner dentro, según la receta que vayamos a cocinar, una vez cerrada controlamos el fuego rápido o lento, comienza a sonar la válvula y debemos contar el tiempo de cocción desde ese momento, nos guía el reloj y el olor que va desprendiendo, pendientes de que no huela a quemado. Y una regla fundamental es no alejarse mucho de la cocina, no sea que se nos olvide.

Pues bien, de la misma forma hemos de cuidar la ira, es como nuestro motor interior y debe estar a punto, puede ser peligroso utilizar estrategias de adormecimiento o anestesiar esa ira, sería lo mismo que subir el fuego, tapar bien la olla y olvidarnos de que está ahí. 

Para empezar es necesario tener una buena conexión con esta emoción, saber qué cosas nos sacan de quicio para lo que es necesario un buen autoconocimiento, esto forma parte del mantenimiento de la olla, y por descontado un estilo de vida sano es fundamental.

Distinguimos qué cosas debemos meter en la olla y qué cosas no, lo mejor sería no meter el enfado, es decir, en la medida de lo posible actuar, utilizar ese enfado para lo que se requiere en el momento en el que ocurre, respecto a cosas que sí dependen de nosotros y que podemos hacer algo, una vez hecho lo que se requería, el enfado se desactivará enseguida, habrá cumplido su función.

Lo que iría dentro de la olla sería todo aquello que no depende de nosotros o para lo cual ya hemos hecho todo lo que podíamos, entonces puede que nos sigan llevando los demonios algún asunto o persona, si ya hemos hecho todo y digo todo lo que estaba en nuestras manos, sólo nos queda aceptar la situación lo mejor que podamos, aquí es donde se cierra la olla, hay impulsos que debemos reprimir para convivir con los demás, sin embargo, debemos estar vigilantes pues las cosas que no salen como queremos y lo que no podemos conseguir resulta muy frustrante y esto da lugar a la activación de la ira.

Esta vigilancia pasa por saber qué ocurre en nuestro interior en cada momento, si estamos bien conectados a nuestras emociones podremos gestionarlas, si apreciamos una activación de la ira en nuestro interior, y contamos con que todos la tenemos dentro, lo mejor es detectarla lo antes posible, saber en qué grado está activada del 1 al 10, y analizar la situación interna o externa que la está activando,
así como vigilamos el tiempo de cocción de la olla. Todo esto nos dará un margen de maniobra, de decisión y de control de la conducta.

Todo lo que nos indigna queremos cambiarlo para nosotros y para los demás, si lo gestionamos bien dará lugar a cambios positivos que, sin la energía y determinación de la ira, serían imposibles, así acaba el tiempo de cocción, y si hemos hecho bien todos los pasos tendremos una deliciosa comida que disfrutaremos mucho.



El poder de las redes sociales


"En la Edad Media nos encontramos constantemente con casos en que la turba frenética quema en la hoguera o ahoga en el río a infelices sospechosos de brujería". Leyó atentamente Andara en aquel libro que le traía tantos recuerdos de su niñez y juventud, cuando estudiaba las lecciones de historia que, tan enorme panorama del mundo y de incalculable valor, le habían proporcionado sus estudios.

Lamentaba enormemente que algunos países, aún en la actualidad, siguieran teniendo comportamientos violentos parecidos y se alegró de no vivir allí. 

Se paró por un momento pensativa, no podía evitar ver grandes parecidos con la época en la que ella vivía, la gran era moderna de internet en un país de occidente. Grandes diferencias pero también grandes parecidos, sentía un gran temor a decir lo que pensaba, por si iba a faltar a lo políticamente correcto y al pensamiento único que cada vez más veía cómo se apoderaba de demasiadas personas, a veces, le recorría por todo el cuerpo una sensación de terror al estilo de la película La invasión de los ladrones de cuerpos, en la que una invasión alienígena va infectando a la población y se apodera de sus cuerpos hasta convertirlos en vainas desde las que salen ya muy cambiados, haciendo una alegoría al acoso que la gente con autonomía de pensamiento sufría en EEUU con el Macarthismo en los años 50.

Pero un momento, se dijo, estamos en 2015, ¿por qué tengo la sensación de que algo parecido está pasando?, he visto algunos casos de famosos que en una entrevista, opinan sobre diferentes temas y si por casualidad dicen algo que no se corresponde con lo políticamente correcto, con ese pensamiento único que se expande, entonces otros famosos con mucha influencia puede comenzar una guerra mediática contra éstos, animando a todos a creer que se merecen lo peor, pudiendo arruinar sus carreras y quién sabe, en los tiempos que vivimos, quizá terminar con su sustento. Y todo por opinar diferente.

¿Es así como usamos el poder de las redes sociales?, se preguntaba Andara. Sin embargo, muy consciente de la responsabilidad e influencia que todos tenemos en internet, tanto para crear odio e intolerancia como para ayudar a tener un juicio crítico más desarrollado y saber pensar por uno mismo, se propuso hacer un relato para poder inspirar a otros y que no dejen de sentir la libertad de pensar igual o diferente.

La zona de confort


Muchas veces pensamos que en la zona de confort se está muy bien, esa zona que ya conocemos tanto de nosotros como de los demás, y cierta razón no nos falta, pues nuestra tendencia a la conservación es también una cuestión de supervivencia, no obstante, como todo, depende del grado, pues si las paredes de esa zona de confort son muy rígidas, entonces puede llegar a ser nuestra propia cárcel interior, y esto más que protegernos puede ser peligroso para nosotros porque nos estanca más allá de lo deseable para una vida plena y, por otro lado, también puede dejarnos en realidad más desprotegidos y vulnerables ante todos los cambios externos, pues no conseguiremos adaptarnos a ellos, y la vida es cambio.
 

Pero lo más sorprendente es que cuando traspasamos nuestra zona de confort lo que hacemos es crear otra zona de confort más amplia y abarcadora y que incluye a la anterior, por tanto, nos hacemos más libres, es como conquistarnos y potenciar más nuestras capacidades. La zona de confort conquistada será aún más cómoda y segura en muchos sentidos.

4 formas de sobreprotección de nuestra zona de confort:

1. Tendemos a buscar información que coincide con nuestras creencias y lo que ya pensamos para reforzarnos en nuestro punto de vista y sentir que tenemos razón, sin embargo, esto nos estanca y nos aleja de descubrir si realmente podemos estar confundidos, aprender y por tanto avanzar en nuestro desarrollo.
2. No solemos escuchar de forma activa y sincera a la otra persona en una discusión, más bien nos atrapan las emociones y estamos a la defensiva pensando en lo que vamos a contestar.
3. Tendemos a justificar cualquier decisión que hayamos tomado por impulsiva y errónea que sea.
4. Tenemos creencias y pensamientos irracionales sobre nosotros y sobre los demás, lo que en muchas ocasiones nos aisla y fortalece las compuertas de la cárcel interior.

4 tips para que nuestra zona de confort no se convierta en nuestra cárcel y sea un sitio desde el que apoyarse para avanzar y abrirse al aprendizaje:

1. Busca información con diferentes puntos de vista, incluyendo los que no coincidan con el tuyo.
2. Considera una discusión como una oportunidad de aprendizaje y escucha activamente el mensaje de la otra persona.
3. Observa tus justificaciones y piensa que las cosas pueden hacerse de diferentes maneras.
4. Conoce los pensamientos irracionales y detecta cuáles son más frecuentes en ti.

Hoy tengo en mi blog la colaboración especial de Jose Manuel Ruíz, escritor de microrrelatos y otras proezas, le he pedido que aporte 5 maneras de evitar la manipulación externa para saber protegernos bien a la salida de la zona de confort.

5 tips para no dejarte manipular:

1. No aceptes hacer nada que no quieras por compromiso, por quedar bien.
2. Di no a menudo, si te cuesta, practica ante el espejo.
3. Ten pensamiento crítico, no te creas nada de lo que te dicen, descubre tú mismo la verdad sobre un tema.
4. Si dudas pregunta:
¿Estás intentando manipularme para hacer eso?, su reacción te dará la respuesta.
5. Manda a tomar vientos más a menudo. Sin culpabilidades. Cuando alguien te manda a ti a la mierda se queda tan ancho.


Me ha dicho mamá que no me quieres


Sam era un niño al que le encantaba jugar poniendo dos sillas, una al lado de la otra, y colocaba una manta encima, luego se metía debajo y tenía una agradable sensación de familiaridad, de acogimiento.

Esas sensaciones eran parecidas a las que tenía cuando paseaba por la calle y se fijaba en las ventanas donde había luz, siempre imaginaba dentro una familia llena de cariño y tranquilidad, era lo que él anhelaba siempre, no tenía edad para juzgar, tan sólo sentía ese anhelo de amar, sin conflictos.

Desde que nació lo único que quería y necesitaba era amar a todos, para él todo el mundo era maravilloso, nuevo y lleno de cariño, realmente, aunque todavía no fuera consciente, podía apreciar el sentido infinito del amor, el de verdad nunca se acaba y no tiene límites, pero pronto le fueron enseñando que eso no era cierto, que el amor era un recurso muy limitado en el mundo, que había mucha carencia de amor y como era limitado muchas veces tenía que elegir a quién querer, y para ello le quedó muy claro que había bandos, de hecho su madre le preguntaba frecuentemente si quería más a su padre o a su madre, e incluso le preguntaba que con quién se iría si se separaban, sin imaginar el gran dolor que le ocasionaba a un niño semejante pregunta e hipótesis.

Un día ocurrió. Sus padres ya no vivían en la misma casa. Entonces había aún más cosas que Sam no entendía, ¿por qué papá era muy bueno para su madre cuando estaban juntos y él podía quererle sin problemas, y por qué cuando sus padres se separaron ya no podía querer a su padre?, ese era el mensaje que su madre le lanzaba constantemente hablando mal de él.

A medida que Sam crecía su espalda se encorvaba más, era el peso de cada uno de los secretos familiares que sus padres iban depositando en él, como se le veía un niño tranquilo y demasiado maduro para su edad, pues sus padres aprovechaban para tenerlo de confidente, ante las carencias de amor que ellos mismos desgraciadamente habían tenido en su infancia y no habían sabido encauzar para llegar a ser adultos, era como si el hijo fuera el padre y la madre de los dos. Demasiado peso para un niño que pronto le pasaría factura.

Los secretos familiares Sam los fue guardando en su interior dentro de un baúl, pero lo que él no sabía era el tesoro que encerraba, porque para abrirlo y sacar lo que había dentro hacía falta todo un proceso de trabajo personal y maduración que le llevaría a su liberación total cuando fuera adulto, aunque para hacer ese trabajo era necesario también pasar por mucho sufrimiento.
Pero esta historia la contaré en otro momento.

Este relato hace referencia a un libro: ¡Me ha dicho mamá que no me quieres!, ¿mami tu elegiste a mi papá?, escrito con mucho amor y sensatez, por una mujer llena de valor, Carmen Serrano, escritora y guionista que lucha por que los niños tengan su merecida infancia.


Emociones básicas


El miedo y el enfado son dos de las emociones básicas que tenemos en nuestra genética, son dos programas fundamentales para la adaptación al medio. Por eso realmente tratar de taparlas es difícil y agotador, además nada recomendable. 

No digo que no haya que tapar o controlar cuando vemos que la olla a presión está muy llena y puede ser peligroso, sino más bien hablo de esas situaciones en las que hacemos un gran esfuerzo innecesario para que no se note que alguien no nos cae bien, también cuando fingimos que no nos importa que abran la puerta cuando nos estamos quedando congelados, cuando ni siquiera miramos con precaución con tal de que no se note que tenemos miedo.

Cuando el miedo se manifiesta de forma intensa entonces intentamos rechazar sus efectos debastadores, la cuestión es que si es excesiva su intensidad, si ya han aparecido los mecanismos de la ansiedad, es porque antes no se han escuchado ciertas señales más sutiles de miedo ante algo, cuando rechazo o no presto la atención adecuada a estas señales, entonces el miedo se acumula para más tarde manifestarse bloqueándonos, creando ansiedad o ataques de pánico.

Sin embargo, cuando prestamos la suficiente sana atención a las señales sutiles de miedo, es decir, cuando lo aceptamos y lo integramos, sabiéndolo gestionar y escuchar, entonces se convierte en precaución, en cuidado de sí mismo y de los demás y, en su punto más profundo, en auténtica atención plena, que incluso nos va a relajar y a facilitar la práctica de la meditación o midfulness.

Cuando el enfado lo sentimos de forma intensa solemos tener miedo de explotar, ahí el miedo sirve de autorregulación sana que vela por la convivencia con otras personas, pero si está acumulado es porque hemos dejado pasar muchos momentos en los que no hemos dicho lo que queríamos o no hemos hecho lo que de verdad queríamos, convirtiéndose en ira e incluso depresión, pues muchas veces detrás de la tristeza se esconde el enfado, estoy triste por sentir impotencia y no saber cómo expresar mi enfado cambiando el curso de las cosas, de manera que el enfado que nos volvemos a tragar se convierte en una forma de autodestrucción.
 
En cambio, cuando nos permitimos decir lo que queremos en los momentos importantes y necesarios, hacer lo que deseamos y es bueno para nosotros, decir no a personas a las que no nos atrevíamos ni a toser, poniendo los límites adecuados, entonces el enfado se convierte en energía y fuerza, determinación, creatividad y pura creación.