Dame un pedacito de libertad


Continuaba por la carretera, como si aquel instante no tuviera fin, sólo una línea recta, sin complicaciones, la mirada fija en esa línea blanca, no había que hacer más. 

Siempre que viajaba sentía como si no estuviera en ningún sitio y en todos, en camino a no se sabe qué, pero al menos eso aliviaba las tremendas cargas que llevaba a sus espaldas. A Verlide siempre le gustó viajar por eso, estando en camino siempre tenía alguna excusa para no llegar a la meta.

Cada vez que conducía su coche saliendo de la ciudad le daba una sensación de libertad, la que no sentía en su vida, no sabía bien si huía de sí mismo o de los demás, o de tomar ciertas decisiones que le alejarían para siempre de algunas personas que le aplastaban con su carga, eso era muy duro y de momento se conformaba con salir a respirar aire puro a la carretera.

Solía hacer viajes sin rumbo, a donde su cuerpo le llevaba, si sus brazos giraban a la derecha pues iba por ahí, quizá a algún pueblo, el caso era estar en la carretera.

Con los años se había acostumbrado tanto al alivio que le producía salir a la carretera que cada vez se atrevía menos a liberarse de la carga que no era suya en sus espaldas, digamos a ordenar su vida y sus relaciones, dejarse llevar por los demás era a la vez que dañino para él tan familiar que incluso acogedor. Creyó que si modificaba algo ya no sentíría esa sensación de libertad en su coche, así es que se conformó con un pedacito de libertad adulterada por el alquitrán y decorada con las nubes de algodón.


Por fin escuchados


Nunca me habían preguntado, no de esta forma, cómo me encuentro, cómo me siento, qué le pasa a mi enfado, a mi tristeza, a mi obsesión, a mis celos, a mis deseos... Tuve la sensación de haber estado escondida por los tiempos de los tiempos, como si alguien hubiera levantado la tapa de piedra que me hundía en la tierra para siempre.

Las voces mías y las de los demás asistentes al taller se agolpaban en nuestras gargantas queriendo salir para ser escuchados, nunca nos habían llamado, nunca atendido así. Era como si todos tuviéramos once años y atendiéramos a la profesora de matemáticas una mañana cualquiera y, de repente, ella nos mirara como nunca lo había hecho nadie, como si de verdad estuviéramos allí, por fin, éramos visibles para alguien, entonces ella nos preguntara sinceramente cómo nos sentíamos, podría abrirse la Caja de Pandora y todos querríamos ser atendidos y contar nuestro mal, nuestra preocupación.

Pero no teníamos precisamente once años, ni estábamos en clase de matemáticas, habían pasado muchos años más y no habíamos perdido el tiempo, pues habíamos recorrido muchos caminos hacia nosotros mismos, y allí estábamos, queriendo conocernos más, queriendo recoger todas las miguitas de tesoros escondidos en nosotros, en nuestro pasado y nuestro presente, como si tratáramos de recoger algunos puntos sueltos de ese tejido de lana acogedora que construye nuestra vida y nuestro ser.

Una de las voces que fue llamada para que pudiera hablar en primera persona fue El escéptico, y desde allí se manifestó descubriendo todos nosotros que cuando no le escuchamos se expresa de muchas formas negativas y destructivas como, por ejemplo, bloqueándonos en un mar de dudas, o como desconfiando en exceso de unas cosas, llevándonos a confiar en exceso de otras, dejándonos agarrados a un puñado de "verdades" que en realidad nos cierran el camino al descubrimiento y a la investigación más sana.

Cuando esta voz era escuchada, aceptada e integrada, se transformaba en algo maduro en lo que confiar, en lógica, sensatez y sabiduría que nos ayuda a poner en cuestión, por ejemplo, algunas creencias nuestras que son irracionales, para así poder aprender y avanzar, desprendernos de lo que ya no nos sirve, desprendernos de tantas expectativas sobre uno, sobre los demás, sobre el mundo, que más tarde nos hacen sufrir mucho porque son muy restringidas y rígidas y nos estancan en los mismos bucles, sobre todo para acercarnos a ese mayor bienestar buscado por todos.

Por eso aquel taller de Meditación Integrativa de Alejandro Villar Martín (Big Mind de Genpo Roshi) usando el diálogo con las voces, y por eso tantos y tantos otros talleres siempre son especiales y siempre agradecida a todos los asistentes por estar ahí.

Inteligencia emocional 14: tu fuerza interior


Cada mañana Ángela se despertaba y de nuevo tenía esa nube negra encima de la cabeza, era un sin vivir, realmente dormida era feliz, pero cada día tenía que despertarse para ver de nuevo aquel espectáculo de exigencias, miedos irracionales o "y sis", como le gustaba llamarlo, de preocupaciones para adpatarse a lo que los demás querían, en fin todo un trabajo de bolillos, imposible en realidad, pero algo dentro de ella seguía creyendo que lo conseguiría, ¿pero qué podría conseguir con todo esto?, ella creía que conseguiría que por fin la quisieran, pero no sería tal y como era, sino tal y como los demás querían que fuera, eso de "tal y como ella era" quedaba descartado por defecto, no valía.
 
Para llevar a cabo todo este plan, que supuestamente le llevaría a ser aceptada y querida por los demás, hacía falta un gran esfuerzo, hacía falta planificar a cada momento, pero también cambiar la planificación a poco que se interpretara un gesto de desaprobación por parte de alguien, o un gesto que ella creía ver.

Pensar y pensar todo el día, pero ya no se le podía llamar pensar, era más bien pura obsesión, por una cosa o por otra, temas para obsesionarse no faltaban, y no debían faltar porque si no su plan para ser querida podría fallar.

Tanto pensaba que ya se había olvidado de lo que era sentir, curiosamente cuando ya no podía más y se echaba a llorar, de repente, desaparecía esa nube negra por un momento, era algo fascinante vivir sin esa nube negra, vivir tranquila, siendo ella misma.
 
Darse cuenta de esto fue muy revelador y decidió darse una oportunidad para probar una estrategia diferente, al fin y al cabo, la estrategia que estaba poniendo en práctica no le estaba dando resultados, la oportunidad consistía en probar a dejar sentir lo que tenía dentro, no iba a ser tarea fácil porque el hábito era el hábito, pero no tenía nada que perder, excepto, con suerte, esa nube negra.
 
Fue así cómo Ángela se dio cuenta de que huía de las emociones y sentimientos a través del mundo del pensamiento, como si eso pudiera solucionarlo todo, y lo único que estaba causándole era más sufrimiento del necesario.

La historia de Ángela es un buen ejemplo de lo que muchas veces ocurre. Si pretendemos vivir sólo en el pensamiento, o sólo en las emociones, o sólo en el cuerpo, nos faltará algo muy importante de nosotros, sólo teniendo en cuenta la totalidad de lo que somos estaremos en disposición de conectar con nuestra fuerza interior.

Ahora vamos a hacer un ejercicio que nos conectará con nuestra fuerza interior, en este caso tienes ya una preparación perfecta para realizar la relajación física sin necesidad de ningún audio, guíate a ti mismo hasta llegar a la relajación mental y entrar en tu paisaje interior, así podrás probar el dominio que ya tienes sobre tu cuerpo y tu mente, luego estarás en disposición de hacer el siguiente ejercicio con este audio:

Ejercicio 15: tu fuerza interior

Inteligencia emocional 13: el niño interior


Aquella mañana Senda se dirigía a la facultad de psicología, ese día no tenía clases pero acudía a una nueva sesión con su terapeuta del programa gratuito de atención al estudiante.

Estaba aturdida por los pensamientos, como si fuera una nube negra encima de su cabeza, comenzó a enumerar una a una todas sus preocupaciones nada más llegar, de repente un recuerdo hizo que se emocionara, sus ojos se humedecieron, parecía haber vuelto en sí, pero enseguida continuó hablando de sus preocupaciones, que no dejaban de aparecer, sus ojos se secaron enseguida. Cuanto más pensaba y hablaba menos sentía, esa era la forma en que trataba de evitar las emociones y los sentimientos que tenía dentro.

Entonces la terapeuta le preguntó: ¿cómo era tu mundo emocional cuando eras niña?. 

Senda comenzó a recordar, - volvía del colegio y recuerdo en ocasiones estar apenada por problemas con mis compañeras, entonces parecía como si me convirtiera en invisible para mis padres, o me ignoraban o bien me decían que no había razón para llorar. Yo no entendía muy bien pero lo que sé es que tuve que aprender a hacer como si mis emociones no estuvieran.

La terapeuta preguntó: ¿Crees que eso tiene que ver con tu contínua sensación de soledad?.

- ¡Exacto!, ahora me doy cuenta de que yo me abandoné a mí misma, o al menos a una parte muy importante de mí: mis emociones, aprendí a hacer como que no estaban porque era eso lo que entendí que había que hacer.

Así fue como Senda iba descubriendo más piezas de su maravilloso puzle. Curiosamente los niños cuando son muy pequeños no tienen problemas con sus emociones, simplemente se limitan a sentirlas y a actuar en consecuencia, ya sea llorando o enfadándose, pero lo que se les enseñe a hacer con ellas será importante para su vida adulta. 

Ya de adultos hay mucho todavía por hacer, por la sencilla razón de que siempre está con nosotros ese niño interior, esperando a que lo descubramos y a que nos ayude para que nuestra vida sea más rica, más conectada con nosotros, nuestras emociones, y más conectada con los demás. De lo contrario este niño interior en la sombra, desde el rechazo, creo que más bien se dedicará a hacer travesuras, a protagonizar demasiado nuestras relaciones, haciendo que seamos los eternos niños, o dependientes, o vengativos, etc.

Os propongo entonces este audio como una nueva aplicación de la relajación mental, se trata de descubrir a nuestro niño interior.

Ejercicio 14: el niño interior