La fobia social


Sali era un chico sociable, sin embargo, como todos los niños, tuvo que pasar por ciertas situaciones difíciles, por ejemplo, atreverse a preguntar en clase para solucionar sus dudas y no suspender, hablar en público cuando tenía que presentar su trabajo de clase y situaciones parecidas.

Él pensaba que para los demás esas situaciones no eran ningún problema, o eso parecía porque lo comparaba con sus sensaciones internas de sudor frío, calor en la cara, el corazón latiendo más rápido y un bullir por todo el cuerpo, que en realidad sólo lo podía percibir él.

Creía que los demás podían ver las reacciones de su cuerpo, aunque lo cierto es que cada niño estaba atascado en sus propias reacciones físicas y preocupado por lo mismo.

Cuando Sali fue adolescente esto se agravó, y encima tenía que pasar por situaciones más difíciles aún para superar los cursos escolares.

Una vez se hubo enrolado en la velocidad que adquiere la vida adulta, nunca más tuvo que preocuparse de aquellos nervios, ahora tenía otros en los que ocuparse como trabajar para pagar las facturas de casa.

El problema apareció cuando lo destinaron a un puesto superior en su empresa y encima eso le obligaba a cambiarse de ciudad. Eran demasiados cambios como para que no aflorara su nerviosismo.

Su primera intervención hablando en público como jefe, que fue dura, estaba tan nervioso que se sintió como cuando era niño, su vulnerabilidad estaba a flor de piel y, aunque le felicitaron por sus palabras, él lo había pasado tan mal que creyó que eran palabras de compromiso, además pensó que todos se habían dado cuenta de que estaba nervioso.

Sus conclusiones tomaron un camino que le resultaba muy familiar. Quedó tan impreso en su cuerpo el estado de malestar sufrido que creyó que le pasaría las próximas veces. El programa de malestar ante otras personas se le había activado en su cerebro y ya no sabía cómo pararlo, llegó a convencerse de que no era capaz de hacer lo que se requería de él.

Llegaba a hacer toda una planificación que creía necesaria para evitar pasarlo mal, se trataba de cómo evitar ciertas situaciones y a ciertas personas. Las pantallas que tenía a su disposición se lo ponían muy fácil, la pantalla del ordenador, la pantalla de su móvil... 

Esta forma de comportarse hacía que para él se confirmara que no era capaz de enfrentarse a esas situaciones sin que le diera un ataque de ansiedad. Incluso llegó a darse cuenta de que eso era falso pero ya no sabía cómo pararlo, no sabía cómo decírselo a su cuerpo.

Un día viendo una película, una frase le impactó: "el camino que uno hace, sólo uno puede deshacerlo".

Pensó que ese problema sólo él podría resolverlo, aunque quizá para ello tenía  que informarse de cómo se hace el camino de vuelta.

Pensó que si su cuerpo y su mente reaccionaba así por el impacto de aquella primera situación, quizá sólo tendría que dar al cuerpo experiencias más agradables en el sentido contrario, para que se diera cuenta de que no le hacía falta reaccionar así. 

Escribió un plan de exposición gradual en el que previamente se preparaba con palabras de aliento y una buena relajación.

Incluso planificó el premio que se daría cada vez que diera un paso y consiguiera lo que se había propuesto, intuía que eso le motivaría mucho, convencería a su cuerpo de esa manera. Le fue tan bien que se le ocurrió que su plan podría ayudar a otros trabajadores de su empresa que tuvieran ese problema.

Descubrió que varios de sus compañeros sufrían por esta misma razón, les ofreció el plan y, después de tan buenos resultados, todos sus trabajadores empezaron a valorarle como jefe más que nunca. Les encantaba ver a su jefe como alguien cercano que sabía comprender sus dificultades, quien se había enfrentado a su propia vulnerabilidad. Esto es lo que definitivamente le acercó a los demás y solucionó su problema.

Aquí comparto la entrevista que el Doctor Alain Fernández me hizo en la Televisión del Principado de Asturias el 29 de octubre hablando sobre la fobia social.