Una trabajadora estrella


En muchas ocasiones utilizo el símil de la empresa interior para conocer un poco más nuestro funcionamiento, pues bien, me gustaría que ahora te imaginaras a tu gran empresa interior, un lugar enorme con muchos espacios y muchos recursos y trabajadores que están deseando que seas feliz.

Hay un despacho muy especial, acogedor, muy personalizado con fotos de familia, un gran sillón muy cómodo, agua y cosas para comer. La trabajadora que ocupa este despacho es muy brillante, segura de sí misma y le encanta sacar todo lo bueno de los demás trabajadores, adora su empresa y cuando le hacen alguna crítica a su trabajo escucha y atenta estudia el contenido de la crítica con el entusiasmo de mejorar día a día.

No sé si te habrás dado cuenta de que hablo de la autoestima. Pero no siempre tuvo este despacho, hubo un tiempo en el que ella era principiante en su trabajo y como estaba aprendiendo pues tenía que cometer errores, además el entorno quizá no era el más adecuado, había muchos frentes abiertos, nuevas amistades, ataques frontales y mucha integridad que defender, no siempre salía exitosa.

Hasta que un día el jefe, ya harto de que no hiciera bien su trabajo la mandó al sótano de la empresa, se convenció de que la autoestima no valía.

La autoestima bajaba las escaleras con la tristeza y allí se metió, en ese cuarto oscuro, sin ventanas ni luz.

Más arriba, en el que fue su despacho, había mucho movimiento, estaban sacando todas sus cosas personales y entraba otra trabajadora en él, la exigencia, intentando sustituir a la autoestima lo único que hacía era mandar y exigir estándares y metas imposibles a los demás trabajadores, al ser imposibles era muy frecuente verlos frustrados y cada vez más agotados. Por no hablar de las contínuas comparaciones que la exigencia hacía con otras personas, muy bien elegidas, justo para que siempre los trabajadores se sintieran inferiores.

La empresa fue viniéndose abajo, el rendimiento cada vez era menor y de menos calidad, llegaron a convencerse todos que no valían nada.

Así volvieron a admitir a la autoestima y dejaron que la exigencia volviera a su despacho original, viendo que no tenían otra elección, o dejaban que la autoestima fuera como una jirafa magestuosa o la exigencia sería una pícara avestruz.