Madres inmaduras


Ya éramos varias las personas que esperábamos en el pasillo de aquel Centro de Salud, eran las 11:50 y la terapia de grupo comenzaba a las 12:00.

Abrió la puerta una chica y nos hizo pasar y sentarnos en unas sillas colocadas en círculos. Había personas de todas las edades. Una vez que todas las sillas fueron ocupadas, la psicóloga se presentó y nos explicó que todos los allí presentes teníamos la oportunidad de compartir lo que seguramente no habíamos podido nunca y por eso llevábamos una carga muy pesada en nuestras espaldas, como grandes secretos que permanecían como tal ante el adorado mito social de "las madres" como una figura intocable y siempre relacionada con la bondad.

Pero no, continuó diciendo, no siempre es así, cada persona es un mundo y no se puede generalizar. Y lo que he querido es reunir aquí a personas que en otras ocasiones habéis compartido conmigo vuestras experiencias al respecto. Son muchas las personas que me habéis demandado una terapia con estas características y he creído que era el momento.

A continuación nos invitó a que cada uno se presentase. 

Paula estaba a su izquierda y comenzó a decir lo que la había traído aquí, lo que más le pesaba a ella eran las críticas contínuas de su madre hacia su padre, aún de adulta llevaba ese dolor dentro. Y encima veía tan frágil a su madre, lloraba y sufría tanto que fue inevitable cumplir con el rol de madre de su madre o de psicóloga de su madre, terrible error que no pudo evitar de niña y que la cargaría de más peso durante toda su vida, además de robarle parte de su infancia.

Fran continuó compartiendo que siempre echó de menos la figura de su padre, alguien de referencia que le aconsejara y diera dirección a su vida. Desde que se enteró que no estaba muerto, como le habían dicho siempre, guardaba doble dolor en su alma, sobre todo recordando el poco tiempo que disfrutó de él al conocerlo tan mayor.

La siguiente era Angélica, cuando quiso abrir la boca le temblaba la voz, y dijo con dificultad que aún le costaba mucho hablar de ello porque sentía una gran culpabilidad de la que no sabía cómo desprederse, ha visto sufrir mucho a su madre y también a su padre pero nunca le quedaba claro qué es lo que estaba pasando, cuál de los dos era el que generaba el sufrimiento, y ella en medio sin saber qué hacer y sintiendo que traicionaba a los dos. Ese era el peso que ella llevaba.

Alicia creía que era mala, era lo que su madre le decía desde pequeña, eso hacía que tuviera siempre la sensación de haber hecho algo muy malo, sintiéndose indigna e inadecuada, siempre con la culpabilidad. Llevaba muy mal que además su madre hablara al resto de la familia extensa sobre lo mala que ella era, por lo que todos terminaban pensando lo mismo, eso le causaba un sentimiento enorme de soledad.

Senda escuchaba absorta cada una de las palabras que se pronunciaban, se veía reflejada en cada cosa que expresaban los demás, se sentía aliviada de no ser la única, y también sentía una gran emoción, ese escenario era el que hubiera soñado de niña, personas adultas que la podían apoyar y comprender y con las que ya no tendría que ocultar tanto sufrimiento, tener que ocultarlo era de por sí su gran carga. Pero una de las cosas que más le impactó y levató sus postillas fue la presentación de Raúl.

Raúl era un chico algo nervioso y hablaba deprisa, el peso que él llevaba era un tremendo complejo de inferioridad, que desde luego no parecía haberle impedido conseguir grandes cosas en su vida, pues había sabido utilizar eso como un gran reto. Pero fue horrible cuando contó los insultos que recibía desde muy pequeño por parte de su madre, a veces le pegaba sin más, sin que hiciera nada, y realmente llegó a creer que quizá era todo aquello que su madre le decía para insultarle. Y además nunca se pudo quejar porque todo el mundo le decía que una madre es una madre y siempre quiere lo mejor para su hijo, todo era minimizado y relativizado, o eran imaginaciones de un niño, por tanto, su madre debía tener razón en todo lo que le decía, era su conclusión. Sin embargo, se le veía una persona brillante a pesar de todo, o gracias a todo, quien sabe.

Se oyó de repente una llamada en la puerta, una chica abrió y apresurada se disculpó por llegar tarde, pero antes de sentarse preguntó si ese era el grupo de terapia para hijos de padres inmaduros, en seguida la terapeuta le contestó que eso era en el aula del fondo, así es que la chica salió de nuevo apresurada.

Angélica, con cara un poco chistosa dijo: - vaya pues yo también voy a tener que ir a esa otra terapia, lo dijo con tal gracia que todos soltaron una carcajada.

Y falta que hacía el humor para aligerar tales cargas.

La terapeuta, una vez presentados todos, dijo que imagináramos un gran círculo en el centro del corro de las sillas, durante cada sesión todos trataríamos de echar en ese círculo la carga que, sin ser nuestra, llevábamos a nuestras espaldas, para así irnos a casa más ligeros. Eso nos ayudaría, continuó, a digerir poco a poco lo que un día no tuvimos más remedio que tragarnos de golpe y sin masticar. Y también dijo que no había otra forma de liberarse en lo posible de ello, aunque dolor siempre quedaría. Recalcó que era muy importante el paso que ya habíamos dado y que era necesario mirar todo eso de frente y no seguir enterrándolo en nosotros.

- Así es que con ayuda de ese círculo y el gran sentido del humor que veo aquí no habrá cosa que se nos resista, continuó diciendo la terapeuta con optimismo para despedirse.

Y sí, era verdad, todos íbamos mucho más ligeros y dispuestos a retomar nuestra vida hasta la próxima semana que volveríamos allí.