Emociones básicas


El miedo y el enfado son dos de las emociones básicas que tenemos en nuestra genética, son dos programas fundamentales para la adaptación al medio. Por eso realmente tratar de taparlas es difícil y agotador, además nada recomendable. 

No digo que no haya que tapar o controlar cuando vemos que la olla a presión está muy llena y puede ser peligroso, sino más bien hablo de esas situaciones en las que hacemos un gran esfuerzo innecesario para que no se note que alguien no nos cae bien, también cuando fingimos que no nos importa que abran la puerta cuando nos estamos quedando congelados, cuando ni siquiera miramos con precaución con tal de que no se note que tenemos miedo.

Cuando el miedo se manifiesta de forma intensa entonces intentamos rechazar sus efectos debastadores, la cuestión es que si es excesiva su intensidad, si ya han aparecido los mecanismos de la ansiedad, es porque antes no se han escuchado ciertas señales más sutiles de miedo ante algo, cuando rechazo o no presto la atención adecuada a estas señales, entonces el miedo se acumula para más tarde manifestarse bloqueándonos, creando ansiedad o ataques de pánico.

Sin embargo, cuando prestamos la suficiente sana atención a las señales sutiles de miedo, es decir, cuando lo aceptamos y lo integramos, sabiéndolo gestionar y escuchar, entonces se convierte en precaución, en cuidado de sí mismo y de los demás y, en su punto más profundo, en auténtica atención plena, que incluso nos va a relajar y a facilitar la práctica de la meditación o midfulness.

Cuando el enfado lo sentimos de forma intensa solemos tener miedo de explotar, ahí el miedo sirve de autorregulación sana que vela por la convivencia con otras personas, pero si está acumulado es porque hemos dejado pasar muchos momentos en los que no hemos dicho lo que queríamos o no hemos hecho lo que de verdad queríamos, convirtiéndose en ira e incluso depresión, pues muchas veces detrás de la tristeza se esconde el enfado, estoy triste por sentir impotencia y no saber cómo expresar mi enfado cambiando el curso de las cosas, de manera que el enfado que nos volvemos a tragar se convierte en una forma de autodestrucción.
 
En cambio, cuando nos permitimos decir lo que queremos en los momentos importantes y necesarios, hacer lo que deseamos y es bueno para nosotros, decir no a personas a las que no nos atrevíamos ni a toser, poniendo los límites adecuados, entonces el enfado se convierte en energía y fuerza, determinación, creatividad y pura creación.