Dame un pedacito de libertad


Continuaba por la carretera, como si aquel instante no tuviera fin, sólo una línea recta, sin complicaciones, la mirada fija en esa línea blanca, no había que hacer más. 

Siempre que viajaba sentía como si no estuviera en ningún sitio y en todos, en camino a no se sabe qué, pero al menos eso aliviaba las tremendas cargas que llevaba a sus espaldas. A Verlide siempre le gustó viajar por eso, estando en camino siempre tenía alguna excusa para no llegar a la meta.

Cada vez que conducía su coche saliendo de la ciudad le daba una sensación de libertad, la que no sentía en su vida, no sabía bien si huía de sí mismo o de los demás, o de tomar ciertas decisiones que le alejarían para siempre de algunas personas que le aplastaban con su carga, eso era muy duro y de momento se conformaba con salir a respirar aire puro a la carretera.

Solía hacer viajes sin rumbo, a donde su cuerpo le llevaba, si sus brazos giraban a la derecha pues iba por ahí, quizá a algún pueblo, el caso era estar en la carretera.

Con los años se había acostumbrado tanto al alivio que le producía salir a la carretera que cada vez se atrevía menos a liberarse de la carga que no era suya en sus espaldas, digamos a ordenar su vida y sus relaciones, dejarse llevar por los demás era a la vez que dañino para él tan familiar que incluso acogedor. Creyó que si modificaba algo ya no sentíría esa sensación de libertad en su coche, así es que se conformó con un pedacito de libertad adulterada por el alquitrán y decorada con las nubes de algodón.