El entrenamiento de la atención entrena la voluntad


El mayor tesoro que podamos tener dentro es nuestra voluntad, nuestra capacidad de poder decidir qué es lo que no queremos, qué es lo que queremos y dirigirnos hacia ello.

"El modo en que dirigimos la atención encierra, según Mischel, la llave de la voluntad", dice la página 103 del último libro de Daniel Goleman: Focus. La capacidad de alejar nuestra atención de un objeto deseado, la resistencia a la distracción es lo que nos permite mantener la atención en un objetivo, el que hemos elegido.

Es curioso porque una de nuestras mayores habilidades como humanos es la autojustificación, si nos distraemos de nuestro objetivo somos capaces de justificarlo de la manera más racional posible, todo antes que reconocer que hemos caído en la tentación de la distracción o de cualquier otro objeto, o en dejarnos manipular por un elemento exterior a nosotros.

Mantener la atención en un objetivo futuro es fortalecer el poder de la voluntad, y es tan poderoso que en el análisis estadístico del estudio reflejado por Daniel en el capítulo 8 de este libro: Receta para el autocontrol, refleja que el nivel de autocontrol de un niño resulta ser un predictor tan poderoso de su éxito financiero adulto, de su salud y de su historial delictivo como la clase social, la riqueza de la familia de origen o el CI.

Para mantener la atención en un punto hace falta aislarse de todo lo demás como, por ejemplo, para poder contar el número de árboles que hay en la foto de arriba. Aunque también es importante poder mantener la atención de una manera amplia, sin concentrarla en ningún punto, sino con apertura hacia todo lo que acontezca, es una forma de descanso del otro tipo de atención y una forma de dejar nuestro cerebro fluir en la creatividad y la imaginación.

Ahora te propongo seguir con el entrenamiento de la atención y de la voluntad con el ejercicio de hoy, en el que vamos a crear un bonito paisaje prestando atención a todos sus detalles. Comienza haciendo una relajación física, que ya has aprendido a hacer en tu entrenamiento de cada día con los ejercicios anteriores, o si lo prefieres escucha primero el ejercicio 6, que es el más completo de la relajación física: brazos, piernas y vientre blandos y calientes.

Ejercicio 9



Inteligencia emocional 10: la alegría


Alegría era una mujer de 90 años, cada vez que tenía ocasión iba a visitarla para tomar un té y charlar con ella. Recuerdo una tarde en concreto que salí de allí con el alma más llena, y es que me contó una cosa sobre su nombre. Todo el mundo, sus padres los primeros, esperaban que ella hiciera gala a su nombre, es decir, que fuera una niña siempre alegre, y eso fue lo primero que aprendió: a tener expectativas de lo que debía ser ella y el mundo.

A su paso por la vida fue llenando su maleta de libros, teorías, pensamientos y reflexiones que le hicieron crecer, aunque también creía que todo eso le haría descubrir la verdadera felicidad, sobre lo que también tenía extraordinarias teorías guardadas en su maleta, lo que había dentro era un centrifugado de las lecturas y de su propia cosecha, a veces, un batiburrillo muy curioso.


La primera mitad de su vida la dedicó a moldear y recortar el mundo para que se adaptara a sus ideas, a todo lo que llevaba en su maleta tan bien preparado, la segunda mitad de su vida la dedicó a moldear y recortar sus expectativas y su maleta para adaptarse ella a lo que el mundo era. Y me recalcó que eso nada tenía que ver con dejar de luchar por lo que quieres.
 
Sus amigas le decían que no podían alegrarse porque siempre tenían algún problema en su vida, entonces nunca era momento, además creían que la alegría debía ser intensa y emocionante, como en las películas, como a las personas a las que les toca la lotería, siempre grandes cosas. Pero todo eso eran teorías sobre lo que debía ser la alegría. 
Ella por su parte a medida que vaciaba su maleta fue descubriendo el mundo real de la alegría sutil y delicada, la alegría por las pequeñas cosas, al escuchar el canto de un pájaro, al amanecer un nuevo día, al intercambiar un gesto de amabilidad con otra persona, esa alegría que puede estar aunque haya problemas, pues realmente siempre los hay, esa alegría que a veces aparecía sin más, y a veces desaparecía sin más, pero cuanto menos se preocupaba del por qué, más fluida era, cuanto menos la forzaba más a menudo aparecía. Y no era tontería ni filosofía barata, sino una cuestión de supervivencia, mientras hubiera un respeto por los demás sentimientos, la alegría siempre estaba allí esperando a brotar y a enseñar lo que era una buena supervivencia en un mundo también un poco batiburrillo.

Se había dado cuenta de lo que realmente la separaba de su nombre, y eran esas expectativas tan rígidas e irreales. Y así por fin Alegría pudo aprender lo que en realidad era hacer gala a su nombre, y desde luego no tenía nada que ver con lo que ella y todos los demás pensaban.

Ofrécete una sonrisa ahora con este ejercicio del entrenamiento en autoconciencia emocional.

Ejercicio 8


Inteligencia emocional 9: la vulnerabilidad


Cuando era pequeña observaba a las hormigas a menudo, y solían ser momentos de reflexión, era increíble ver su delicada naturaleza, dependía tan sólo de que alguien descuidado las pisara para que muchas de ellas murieran aplastadas, incluso yo misma podía aplastarlas sin querer, eso me horrorizaba. Tan sólo una lluvia torrencial acababa con sus casas, eran muchas las amennazas. Y yo pensaba en lo afortunada que era por no ser hormiga, no era vulnerable como ellas.

Cuando volvía a casa solía leer un cuento que me gustaba mucho, antes de dormir, era de un gigante que me fascinaba, fuerte y seguro, podía con todo, los habitantes del pueblo le admiraban y se sentían seguros con él, sentían que si lo tenían a su lado podían con todo. El gigante vivía en lo alto de la montaña, donde más fresco hacía para el calor que solía tener.

Ya amanecía en la montaña y el gigante despertaba feliz, acababa de conocer a una chica de la que se había enamorado y ese día iba a verla, pero cuál fue su sorpresa que lo que le esperaba era una calabaza, ella le dijo que su relación no podía ser porque en lo alto de la montaña no podría vivir, pasaría mucho frío.

El gigante hizo como si nada y siguió haciendo su vida, al fin y al cabo todo el mundo esperaba que nada le afectase, su físico condicionaba las expectativas de los demás hacia él e incluso las expectativa de él mismo. Así pasaron meses.

Un buen día el gigante ya no aguantó más y comenzó a llorar, hasta que desde lo alto de la montaña inundó el pueblo.

- Este cuento es demasiado fantasioso, ¿no crees?.

- Mira te conozco Censura y sólo voy a decirte una cosa, déjame disfrutar que me estaba divirtiendo.

Pues bien, de tanto que lloró inundó el pueblo, y todos sus habitantes salieron de sus casas para salvarse, subieron montaña arriba y descubrieron que de allí provenía el agua, sí allí estaba llorando el gigante. Todos se quedaron asombrados, no esperaban eso de él, cuando les contó que lloraba porque le habían dado calabazas no lo creían pues el mismo día anterior le habían visto como si nada, pero por fin se desahogó y les dijo que estaba harto de fingir que podía con todo, pues no, no podía con todo, también tenía su corazoncito y eso le hacía más gigante.

- Querrás decir que eso le hacía más humano.
- A ver ya estamos, sí pero es un símil en el mundo de los gigantes, qué poca imaginación tienes Censura.

Los habitantes del pueblo le dijeron que preferían que fuera vulnerable como ellos y que llorara más a menudo cuando lo necesitara porque así le daba tiempo a la tierra a absorver el agua, si aguantaba mucho les inundaría de nuevo el pueblo.

Y así el gigante se sintió más gigante que nunca, paradójicamente su vulnerabilidad le hacía más grande, y los habitantes del pueblo se sintieron más humanos que nunca.


Poco a poco cuando fui creciendo ya no me sentía tan a salvo por no ser hormiga, porque yo también era vulnerable, y cuantas más cosas me pasaban en la vida me daba cuenta de que más cosas me podían afectar, el gran reto para mí fue aprovecharlo para aprender y hacerme más fuerte.

Prosigamos ahora con esa parte tan importante que es la práctica, para hacernos más conscientes de lo que ocurre en nuestro interior. Practica este ejercicio una vez al día durante esta semana. Hoy se trata de desarrollar nuestra imaginación y visualización con el ejercicio del limón.

Ejercicio 7


Inteligencia emocional 8: la culpa


Pepita estaba sentada en el umbral de su casa, estaba muy apesadumbrada, se sentía muy culpable, culpable por todo; cuando ese sentimiento se apoderaba de ella era como si se la tragara un pozo negro, tenía la culpa de que su madre fuera infeliz, de que su padre le riñera, incluso cuando no había hecho nada, pero si su padre le reñía era porque algo había hecho mal, entonces el resto del día se lo pasaba buscando la razón.

Si algo se rompía casi esperaba que todos miraran hacia ella, una voz en su interior le decía: "¿he sido yo?", por eso le encantaba la serie de Steve Urkel, pensar que había más personas como ella era un gran alivio, aunque tan sólo fuera un personaje pero existía la posibilidad de que hubiera más personas a las que les ocurriera lo mismo.

En el colegio la llamaban Culpita, en vez de Pepita, y claro en clase estaba con una gran tensión, era terrible el miedo a confundirse, aunque a la vez tenía muchas ganas de aprender y eso la llevaba a prenguntar en clase más veces de las que quisiera, no siempre conseguía armarse de valor y levantar la mano pero cuando lo hacía se le aceleraba mucho el corazón.
Pepita ya de adulta sintió la necesidad de compensar todo lo que había hecho mal, todas las cosas de las que era culpable, entonces aparcó sus sueños y se dedicó a ayudar a los demás, a su familia y amigos, incluso cuando nadie le pedía ayuda ella siempre estaba ahí ofreciéndola, en realidad era la primera que deseaba que esa ayuda fuera aceptada porque así sentía que compensaba el mal hecho, y le sentaba realmente mal que rechazaran su ayuda, que no la necesitaran, llegaba a tener verdaderos problemas con los demás en muchas ocasiones por esa razón.

Su intención era la mejor pero no conseguía lo que quería, además estaba tan pendiente de los demás que muchas veces no tenía el suficiente tiempo para comer, para dormir, para reírse, para divertirse, eso la hacía muy infeliz, pero no sabía qué estaba pasando, en qué se había equivocado nuevamente, parecía una rueda de la que nunca conseguía salir.

Después de varios años buscando compensar el mal hecho y preguntándose de qué era culpable, estaba exhausta, no podía más, estaba harta de que todo fuera insuficiente, de sentirse inadecuada, de no sentirse valiosa. En ese momento se acordó de lo infeliz que era su madre, y también su padre, ahora ella se sentía también muy infeliz y el enfado le rondaba dentro cada vez más, es como si estuviera enfadada consigo misma.

Entendió lo que le había pasado a sus padres, era lo mismo que le había pasado a ella, en realidad no era culpable de todo, eso era imposible, en todo caso era culpable de abandonarse a sí misma por los demás, y comenzó a pensar más que en culpabilidad, en responsabilidad, al entender esto se sentía responsable de su propia vida, nadie más que ella lo era, nadie más que ella podía hacerse feliz, pero se dio cuenta de que cuando se alejaba de su responsabilidad entonces era cuando se transformaba en culpa. 

También  llegó a conocer a personas que escapaban de su responsabilidad ya no culpándose demasiado sino culpando a los demás, podían darse los dos extremos, culparse demasiado o culparse demasiado poco, y las dos opciones alejaban del poder personal de tomar la responsabilidad y cambiar la propia vida.
 
Tuvo la oportunidad de aprender una gran lección  gracias a sus padres, y la mejor forma de honrarlos sería superar lo que ellos comenzaron. Abandonó su misión de compensar centrada en los demás y volvió a recordar sus sueños, lo que quería hacer en la vida, esos sueños que no estaban para compensar a nadie más que a ella misma, y lo más asombroso fue comprobar que esa era la mejor forma de ayudar a los demás, la forma más genuina y sincera, las personas que tenía a su alrededor sentían su felicidad y eso se contagiaba.

Ahora como siempre en esta serie de Inteligencia emocional podemos pasar a la práctica con este audio, para que este aprendizaje tenga un efecto real en nosotros, practica una vez al día este ejercicio hasta el próximo lunes.


Inteligencia emocional 7: la inseguridad


Había un pueblecito donde vivía una niña llamada Inseguridad, a nadie le gustaba porque solía poner en duda todo y a mucha gente eso le ponía muy nerviosa.
 

Cuando se encontraba con gente por la calle solía preguntar: "¿estás seguro de que has cerrado la puerta con llave?, ¿seguro que has buscado bien lo que se te ha perdido?, ¿has cerrado el gas?, y todos iban a comprobar una y otra vez por si acaso, incluso solían hacer varias comprobaciones de las cosas ya como un ritual creyendo que así evitarían que la niña les dijera algo, pero en realidad ella seguía preguntando.

Un buen día llegó al pueblo un chico, Perico se llamaba, era muy entusiasta y venía con la idea de poner un negocio de piruletas y vivir allí tranquilamente. Justo estaba en la calle mirando un anuncio de un local en alquiler y allí apareció Inseguridad, le preguntó qué hacía allí y él le comentó su idea del negocio de las piruletas, ella también se entusiasmó y le preguntó a continuación: ¿estás seguro de que es la única manera de buscar locales?, él se quedó pensativo y se dio cuenta de que debía buscar también anuncios en las dos revistas del pueblo para asegurarse de hacer un barrido, tener todos los datos y encontrar el local que se ajustaba perfectamente a sus necesidades.

Una buena estrategia, pensó mientras iba a comprar la pintura para su local ya alquilado, de camino a la tienda se encontró a Inseguridad y ella le preguntó cómo iba, al contarle que ya estaba en la fase de pintar el local y que iba a comprar pintura blanca, ella le dijo: ¿estás seguro de que lo mejor es pintarlo de blanco?, él nuevamente se quedó pensativo y se dio cuenta de que podía pintarlo de colores ya que sería una tienda sobre todo para niños.

Un fascinante olor inundaba la calle principal del pueblo, ya estaba haciendo las primeras piruletas y había atraído la mirada de varias personas que se concentraban en la puerta, Inseguridad apareció, entró decidida en la tienda y vio las piruletas de exposición, un perrito, un cuadrado, un corazón y una vaca, le encantaron, y cuando Perico salió a atenderla ella le preguntó: ¿estás seguro de que no puedes hacer más figuritas de piruleta?, él se quedó pensando y entonces le vinieron a la mente varias imágenes como ideas: un teléfono, un bolígrafo, un helado, un micrófono, y todo eso de piruleta.

La originalidad y ese olor tan rico hicieron que la tienda prosperara, poco a poco otros jóvenes se animaron a crear diferentes artículos originales y que la gente necesitaba o demandaba y pusieron otras tiendas. La gente del pueblo estaba contenta por ver que tenían no sólo buenos recursos sino también personas creativas que sabían desarrollarlos.

Y así todos entendieron que Inseguridad no era lo que parecía, sólo había que enfocar bien sus preguntas y todo iba a mejor. Así después de años comprobándolo decidieron ponerle una estatua en el parque que llamaron Seguridad y Prosperidad.

Y ahora seguimos con el entrenamiento de la atención que nos ayudará a tomar conciencia de nuestras emociones y sentimientos. Poco a poco aprendemos a centrarnos en un solo punto, como por ejemplo el brazo derecho, para luego ir abriendo el foco de nuestra atención, por eso hoy el ejercicio consiste en llevar la atención a brazos y piernas a la vez. Realiza este ejercicio cada día hasta el próximo lunes.

Ejercicio 5