Inteligencia emocional 8: la culpa


Pepita estaba sentada en el umbral de su casa, estaba muy apesadumbrada, se sentía muy culpable, culpable por todo; cuando ese sentimiento se apoderaba de ella era como si se la tragara un pozo negro, tenía la culpa de que su madre fuera infeliz, de que su padre le riñera, incluso cuando no había hecho nada, pero si su padre le reñía era porque algo había hecho mal, entonces el resto del día se lo pasaba buscando la razón.

Si algo se rompía casi esperaba que todos miraran hacia ella, una voz en su interior le decía: "¿he sido yo?", por eso le encantaba la serie de Steve Urkel, pensar que había más personas como ella era un gran alivio, aunque tan sólo fuera un personaje pero existía la posibilidad de que hubiera más personas a las que les ocurriera lo mismo.

En el colegio la llamaban Culpita, en vez de Pepita, y claro en clase estaba con una gran tensión, era terrible el miedo a confundirse, aunque a la vez tenía muchas ganas de aprender y eso la llevaba a prenguntar en clase más veces de las que quisiera, no siempre conseguía armarse de valor y levantar la mano pero cuando lo hacía se le aceleraba mucho el corazón.
Pepita ya de adulta sintió la necesidad de compensar todo lo que había hecho mal, todas las cosas de las que era culpable, entonces aparcó sus sueños y se dedicó a ayudar a los demás, a su familia y amigos, incluso cuando nadie le pedía ayuda ella siempre estaba ahí ofreciéndola, en realidad era la primera que deseaba que esa ayuda fuera aceptada porque así sentía que compensaba el mal hecho, y le sentaba realmente mal que rechazaran su ayuda, que no la necesitaran, llegaba a tener verdaderos problemas con los demás en muchas ocasiones por esa razón.

Su intención era la mejor pero no conseguía lo que quería, además estaba tan pendiente de los demás que muchas veces no tenía el suficiente tiempo para comer, para dormir, para reírse, para divertirse, eso la hacía muy infeliz, pero no sabía qué estaba pasando, en qué se había equivocado nuevamente, parecía una rueda de la que nunca conseguía salir.

Después de varios años buscando compensar el mal hecho y preguntándose de qué era culpable, estaba exhausta, no podía más, estaba harta de que todo fuera insuficiente, de sentirse inadecuada, de no sentirse valiosa. En ese momento se acordó de lo infeliz que era su madre, y también su padre, ahora ella se sentía también muy infeliz y el enfado le rondaba dentro cada vez más, es como si estuviera enfadada consigo misma.

Entendió lo que le había pasado a sus padres, era lo mismo que le había pasado a ella, en realidad no era culpable de todo, eso era imposible, en todo caso era culpable de abandonarse a sí misma por los demás, y comenzó a pensar más que en culpabilidad, en responsabilidad, al entender esto se sentía responsable de su propia vida, nadie más que ella lo era, nadie más que ella podía hacerse feliz, pero se dio cuenta de que cuando se alejaba de su responsabilidad entonces era cuando se transformaba en culpa. 

También  llegó a conocer a personas que escapaban de su responsabilidad ya no culpándose demasiado sino culpando a los demás, podían darse los dos extremos, culparse demasiado o culparse demasiado poco, y las dos opciones alejaban del poder personal de tomar la responsabilidad y cambiar la propia vida.
 
Tuvo la oportunidad de aprender una gran lección  gracias a sus padres, y la mejor forma de honrarlos sería superar lo que ellos comenzaron. Abandonó su misión de compensar centrada en los demás y volvió a recordar sus sueños, lo que quería hacer en la vida, esos sueños que no estaban para compensar a nadie más que a ella misma, y lo más asombroso fue comprobar que esa era la mejor forma de ayudar a los demás, la forma más genuina y sincera, las personas que tenía a su alrededor sentían su felicidad y eso se contagiaba.

Ahora como siempre en esta serie de Inteligencia emocional podemos pasar a la práctica con este audio, para que este aprendizaje tenga un efecto real en nosotros, practica una vez al día este ejercicio hasta el próximo lunes.