Inteligencia emocional 10: la alegría


Alegría era una mujer de 90 años, cada vez que tenía ocasión iba a visitarla para tomar un té y charlar con ella. Recuerdo una tarde en concreto que salí de allí con el alma más llena, y es que me contó una cosa sobre su nombre. Todo el mundo, sus padres los primeros, esperaban que ella hiciera gala a su nombre, es decir, que fuera una niña siempre alegre, y eso fue lo primero que aprendió: a tener expectativas de lo que debía ser ella y el mundo.

A su paso por la vida fue llenando su maleta de libros, teorías, pensamientos y reflexiones que le hicieron crecer, aunque también creía que todo eso le haría descubrir la verdadera felicidad, sobre lo que también tenía extraordinarias teorías guardadas en su maleta, lo que había dentro era un centrifugado de las lecturas y de su propia cosecha, a veces, un batiburrillo muy curioso.


La primera mitad de su vida la dedicó a moldear y recortar el mundo para que se adaptara a sus ideas, a todo lo que llevaba en su maleta tan bien preparado, la segunda mitad de su vida la dedicó a moldear y recortar sus expectativas y su maleta para adaptarse ella a lo que el mundo era. Y me recalcó que eso nada tenía que ver con dejar de luchar por lo que quieres.
 
Sus amigas le decían que no podían alegrarse porque siempre tenían algún problema en su vida, entonces nunca era momento, además creían que la alegría debía ser intensa y emocionante, como en las películas, como a las personas a las que les toca la lotería, siempre grandes cosas. Pero todo eso eran teorías sobre lo que debía ser la alegría. 
Ella por su parte a medida que vaciaba su maleta fue descubriendo el mundo real de la alegría sutil y delicada, la alegría por las pequeñas cosas, al escuchar el canto de un pájaro, al amanecer un nuevo día, al intercambiar un gesto de amabilidad con otra persona, esa alegría que puede estar aunque haya problemas, pues realmente siempre los hay, esa alegría que a veces aparecía sin más, y a veces desaparecía sin más, pero cuanto menos se preocupaba del por qué, más fluida era, cuanto menos la forzaba más a menudo aparecía. Y no era tontería ni filosofía barata, sino una cuestión de supervivencia, mientras hubiera un respeto por los demás sentimientos, la alegría siempre estaba allí esperando a brotar y a enseñar lo que era una buena supervivencia en un mundo también un poco batiburrillo.

Se había dado cuenta de lo que realmente la separaba de su nombre, y eran esas expectativas tan rígidas e irreales. Y así por fin Alegría pudo aprender lo que en realidad era hacer gala a su nombre, y desde luego no tenía nada que ver con lo que ella y todos los demás pensaban.

Ofrécete una sonrisa ahora con este ejercicio del entrenamiento en autoconciencia emocional.

Ejercicio 8