El crítico interior


Es el primer cerezo en flor de la primavera, me encantan. Solía ir a ese campo cerca de casa a pasear cada atardecer para desconectar mi cabeza. Ya era época de exámenes y tenía que cuidar los tiempos para no salir loca, era muy importante un buen descanso mental, si no ya sabía que al día siguiente no rendiría. Además me gustaba reflexionar mientras caminaba, eran los momentos en los que más lucidez conseguía tener.

Aquella tarde pensaba en algo interesante, cuando no soy capaz de ponerme manos a la obra y realizar mis sueños, cuando no me atrevo a hacer ciertas cosas que me encantaría hacer, cuando algo dentro de mí está saboteando los planes más entusiastas, entonces es cuando mi crítico interior
está actuando desde la sombra. 

La sombra es esa zona desconocida por mí, o no consciente, en la que he ido metiendo todo lo que no me gustaba para poder crear una imagen mejorada, en lo que me quería convertir. Pero sin casi darme cuenta, esa imagen mejorada era demasiado buena, tan buena que pretendía ser perfecta, donde no existía nada negativo, ni límites, ni partes vulnerables.


Y yo pensaba que eso era posible, me entusiasmaba incluso con la idea de ser quien no era, como si ser yo misma fuera algo inconcebible, como si yo fuera defectuosa y no digna de ser valiosa, al fin y al cabo era lo que me habían enseñado algunas personas, también sin darse cuenta, y también desde su crítico interior metido en la sombra.

A veces, mi critico, me decía cosas realmente crueles, cosas que me eran familiares: "¿no ves que no lo vas a conseguir?", "¿cuándo has hecho tú algo bueno en esta vida y que importe a alguien?", "si eres tonta, acéptalo, todo el mundo te engaña".

Pero aunque parezca increíble esas frases horribles hacían que me sintiera mejor, no sé de qué manera pero reducían mi ansiedad, al fin y al cabo, reducían la posibilidad de arriesgarme en nada, de asumir responsabilidad, así es que al menos eso me dejaba algo tranquila, aunque tuviera que pagar un precio muy alto mi autoestima. Esto es una de las cosas que me enganchaba al crítico interior, pero el de la sombra.

Otra manera que tenía de salir mi crítico interior era criticando a todo el mundo, le encantaba, es como si tuviera claro cómo debían hacerse las cosas, y como no podía practicar conmigo pues se volvía más cruel con los demás, y llegaba a decir cosas horribles que los demás no querían escuchar, como queriéndoles arreglar la vida, como señalando el dolor al que no querían enfrentarse, pero de una manera incluso cruel. Eso me hacía sentir bien porque sentía el poder de cómo creía que debían ser las cosas, sin embargo, no lo aplicaba conmigo.
Ese crítico era el que quería señalarme mi propio dolor, el que yo no quería ver, y como no le dejaba se dedicaba a señalar el dolor de los demás, al que ellos no querían mirar. 

Los demás me veían como una persona muy crítica y, sin embargo, yo era lo que odiaba ser, era lo que precisamente rechazaba de mí.

Hasta que empecé a darme cuenta de lo que estaba pasando, y de que no era malo ser crítico con uno mismo, pues gracias a la crítica yo puedo ir rectificando, aprendiendo e ir haciendo las cosas mejor, no perfectas, en absoluto. Fui dejando hacer al critico interior su verdadero trabajo que es aprender y ayudarme a mejorar para que yo sea feliz y consiga lo que quiero. Entonces descubrí al verdadero crítico interior mío, no el de prestado, el aprendido o el que tenía más que ver con los demás que conmigo, sino el verdadero crítico que me trata bien, con comprensión y compasión.

Mis críticas hacia los demás se convirtieron en comprensión y compasión, ya no me arrastraba la necesidad de criticar de forma mordaz, sino que me inunda una sensación de identificación con el otro y de ternura al pensar que eso mismo me pasaba a mí.

En la facultad nos enseñaban muchas cosas pero éstas que yo aprendía en la convivencia con los demás son las que más valoraba y con las que conseguía dar un toque distintivo en los análisis de casos de la asignatura de psicopatología, aunque en realidad eran cosas que nos pasaban a todos en mayor o menor grado.

Cuando volvía a mi estudio siempre pensaba que el día de mañana esos aprendizajes de mí misma sería una de las cosas que más valoraría.

Está bien tener un buen norte, aunque ahora debo volver a casa y descansar para seguir aprendiendo.