Prejuicio


Prejuicio es una acción y efecto de prejuzgar, una opinión previa y tenaz, en general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal, según el diccionario de la lengua española.


En este caso nos quedamos con la definición que hace referencia a prejuicios negativos, actitudes negativas hacia un grupo distinguible basada en generalizaciones derivadas de información imperfecta o incompleta. 

Todos tenemos cierto grado de prejuicios, realmente solemos hacer clasificaciones para que nos resulte más sencillo conocer a los demás, sin embargo, estas clasificaciones con frecuencia no son nada acertadas o se basan en una experiencia o varias con un colectivo, a partir de lo que concluimos que ese colectivo en su totalidad adquiere las características que hemos conocido. 

Hacemos en definitiva una generalización poco afortunada y que se basa en una experiencia pobre como para conocer a todo ese colectivo. Lo que hacemos es estereotipar, que consiste en asignar características idénticas a cualquier persona de un grupo sin considerar las variaciones reales que se dan entre los miembros de ese grupo.

La persona de prejuicios muy arraigados es prácticamente inmune a toda información que discrepe de su estimado estereotipo. 

Sin embargo el prejuicio no sólo tiene como objeto colectivos desfavorecidos o minoritarios, sino que puede ser hacia cualquier colectivo, por mayoritario que sea. De hecho prejuicios hacia un colectivo mayoritario o que creemos favorecido pueden hacer también mucho daño, pues la generalización llega a ser mayor y también la confusión. Esto hace que cualquier conciliación o negociación entre diferentes colectivos se haga más difícil. Es una de las razones por las que resulta de gran dificultad la solución de conflictos, pues son diferentes intereses en juego y diferentes prejuicios que nos separan.

Por tanto bienvenida sea la información que discrepa de nuestro estereotipo, aunque al principio pueda resultar incómodo, pues nos hace ver que estábamos confundidos en alguna medida, será una buena oportunidad para tener más conocimiento, más perspectiva y tener una mirada más amplia y acertada de la realidad. Esto con seguridad hará que tengamos menos conflictos con otras personas y además nos damos la oportunidad de aprender y evolucionar.

¿Y tú qué prejuicios tienes? busca en tu baúl de los recuerdos, seguro que aparece algo.


La motivación


La motivación resulta algo clave en el ser humano, es el eje desde donde parten nuestros movimientos, nuestras acciones y decisiones. Es el impulso que persigue la satisfacción de nuestros deseos.

Puede que alguna situación que estemos viviendo no sea muy agradable, sin embargo, depende de cómo aprendamos a generarnos motivación para que podamos afrontarla de una manera u otra.

Se cultiva, se aprende, se puede generar en uno mismo, es lo que se llama automotivación. Hay algunos factores que pueden ayudarnos y favorecer que cada día sepamos regenerar esta motivación, es una buena forma de cuidarnos pues nuestra motivación requerirá que mantengamos unas condiciones para nuestro bienestar.

Así será necesario tener una moderada y buena alimentación, hacer ejercicio y tratar de rodearnos en la medida de lo posible de personas que nos agraden y enriquezcan.

En lo que respecta a nuestro interior podemos hacer mucho más para matener la motivación a raya si seguimos unas pautas.

6 pasos para mantener una buena automotivación:

1. Haz frecuentemente un examen de conciencia sobre lo que realmente quieres. Asegúrate de que no es lo que los demás desean para ti, por muy buenas que sean sus intenciones.
2. Acuérdate de los logros de tu vida.
3. Haz un buen plan de lo que quieres hacer, con objetivos realistas para ti, que sea práctico y factible. Para ello asesórate, cuanta más información mejor, baraja todas las posibilidades con apertura, estudiando pros y contras de cada opción.
4. Divide tus objetivos en metas pequeñas y que puedas cumplir, que te aseguren el éxito.
5. Concédete premios en función del logro de esas metas pequeñas. Planifica los premios de tal manera que sea sensátamente probable podértelo conceder, que no sea ni demasiado fácil como para que pierda tu interés, ni demasiado difícil como para que te frustre.
6. Cuando vayas consiguiendo las pequeñas metas acostúmbrate a recordarlas de vez en cuando, sobre todo en días de bloqueo o bajón.

Si eres una persona que te gusta ayudar a los demás ésta será una muy buena forma, ayudándote a ti primero, pues hay otra buena noticia y es que es ¡muy pero que muy contagiosa!

Realidad o ficción


Nuestros pensamientos sobre nosotros mismos, o bien sobre otras personas o sobre cosas o el mundo provienen de creencias que tenemos y que forman unos cimientos en nuestra persona con las que nos sentimos protegidos y seguros ante un mundo cambiante y difícil.

Sin embargo, tenemos creencias ajustadas a la realidad y otras creencias que no se ajustan a la realidad y que seguimos aunque no tengamos pruebas de que eso sea cierto. 

Esto puede tener múltiples consecuencias, por ejemplo, vamos a ver qué pasa ante la creencia: "el enfado es algo muy malo, cuando se expresa la persona es mala, entonces como yo soy una buena persona no tengo de eso".   

Puesto que no por ello el enfado desaparece, cuando algo nos enfada, como no es nuestro, tiene que ser de alguien, así siempre va a ser de otra persona que encontremos en nuestro camino. Incluso de forma automática voy a cambiar y a distorsionar los acontecimientos para que estén en coherencia con esta creencia de que no soy yo quien tiene enfado sino los demás, y poder seguir así sintiéndome en coherencia.


Las creencias nos influyen a nosotros mismos en nuestro comportamiento y nuestra vida, y a los demás y, por tanto, los demás nos pueden influir a nosotros con sus creencias. Ese es el caso de lo que se llama profecía autocumplida.

La profecía autocumplida es una expresión acuñada por el sociólogo Robert K. Merton:

"La profecía que se autorrealiza es, al principio, una definición «falsa» de la situación que despierta un nuevo comportamiento que hace que la falsa concepción original de la situación se vuelva «verdadera»."

Por ejemplo, si alguien me ha hablado mal de otra persona diciendo que es antipática y uraña y yo lo creo tal cual, sin dudarlo, tengo ya un juicio hecho antes de conocer a la persona, un prejuicio. Vamos a imaginar que hay pruebas de que esa persona de la que se habla no es así, sino que es simpática y extrovertida. Si un día pasa a mi lado, lo más probable es que no tenga contacto visual con esa persona y no me muestre con simpatía, de manera que no voy tampoco a activar la simpatía de la otra persona. Así la influencia de mi propia conducta va a hacer que me reafirme en mi creencia falsa.

Esto puede tener graves consecuencias en la educación, pues podemos estar creando nuestra propia realidad basada en prejuicios, por ejemplo, si creo que tengo en clase niños con los que no se puede hacer nada porque me superan, entonces no voy a poner en marcha mecanismos de búsqueda de nuevas formas de enseñaza que se adapten más a las características de mis alumnos. 

O bien si tengo un alumno que tiene un estilo de aprendizaje diferente a otros, puedo pensar erróneamente que tiene menos capacidad y entonces le pondré menos tareas o más fáciles para adaptarme, haciendo así que se desarrolle más lentamente en mi asignatura.

La buena noticia es que siendo al contrario, es decir, teniendo de antemano unas creencias positivas en la propia capacidad de las personas para aprender y también para hacer el bien, podemos estar influyendo positivamente en nosotros y en los demás, así podemos ser los artífices de la creación de una realidad más amable, al menos hasta donde llega nuestro poder de influenciarnos e influenciar.

La sombra


Hay una parte de nosotros que no podemos ver, que es desconocida y que está en el inconsciente. Aquí guardamos características nuestras que no nos gusta tener o que no nos creemos dignos de tener. 

Lo que somos tiene mucho que ver con lo que hemos aprendido y con nuestros padres. Podríamos recordar alguna característica de nuestros padres que no nos gustaba, por ejemplo, mostrando enfado, quizá de forma agresiva.

Cuando esto ocurre y estamos sufriendo en esa situación es muy frecuente asociar al enfado su manifestación negativa o destructiva, es decir, que a partir de ahí en nuestra mente, cuando pensamos en enfado, directamente nos imaginamos esa forma de expresarlo y ya no nos acordamos de su forma más sana de expresión, poniendo límites sanos, teniendo firmeza y permitiéndose decir y hacer lo que realmente se quiere.

Como no nos gusta eso en nuestros padres solemos tomar la decisión de que no queremos ser eso, así la conclusión en este caso suele ser "yo no quiero tener enfado" o "no quiero ser así", por tanto "yo no soy una persona que me enfade" o "yo no tengo enfado". 

Este es el momento en el que el enfado asociado a su manifestación destructiva lo metemos en el sótano psicológico, en nuestra sombra, y lo peor es que ahí metemos todo lo que es el enfado, sin distinguir si su expresión es sana o no, por tanto, escondemos en la sombra todo lo que nos suene a enfado.

Con nuestro enfado metido en la sombra creemos que desaparece o que ya nos olvidamos de él, sin embargo, no es así, se manifiesta lo queramos o no de formas encubiertas, cuando el enfado sale desde la sombra lo hace de formas negativas y destructivas, no lo manejamos nosotros sino que nos maneja a nosotros. Así hemos conseguido provocar justo lo contrario de lo que queríamos. Probablemente es lo mismo que les ocurrió a nuestros padres, queriendo hacer las cosas bien podían estar aguantando una situación o guardando el enfado y así se acumulaba, y un buen día salía en forma de explosión.

Así de generación en generación el enfado ha ido adquiriendo una muy mala prensa y seguimos creyendo que el mejor camino es creer que uno no tiene enfado y que no le hace falta enfadarse nunca, lo único que se consigue de esta manera es anular una valiosa parte de nosotros, esa que nos da fuerza y energía para abrirnos camino en la vida y permitirnos ser lo que ya somos.

Cuando de verdad aceptamos nuestro enfado ya no le hace falta manifestarse de forma encubierta, negativa y agresiva sino que lo controlamos nosotros y le dejamos hacer libremente su trabajo. 

Vamos a escuchar lo que tendría que decir el enfado en primera persona, distinguiendo cómo se manifiesta cuando es aceptado y cuando no es aceptado:

El enfado no integrado: aparezco de una forma desmesurada, cuando no hay motivos suficientes e incluso con quien no tiene nada que ver con mi origen real. Después de salir de esta manera, muchas veces, llamo al sentimiento de culpabilidad, así soy capaz de estar más tiempo presente y que me vean de alguna manera. Si no me dejan salir del sótano psicológico, si no me aceptan, soy quien me vuelvo en contra de mi dueño y me manifiesto en forma de depresión.
El enfado integrado: soy pura energía de creación con dirección hacia lo que realmente quiere hacer mi dueño en la vida, soy vitalidad y potencia. Pongo los límites necesarios para la protección de mi dueño, rechazo cosas que no son buenas para él y acepto las que sí son buenas, selecciono cosas o situaciones, escojo palabras adecuadas y acciones adecuadas para proteger a mi dueño. Soy quien discrimina lo que quiere hacer en cada momento desde las motivaciones más elevadas y sin hacer daño a nadie, pues las motivaciones más elevadas son las que incluyen a la humanidad entera. Soy justo y ecuánime.