La leche derramada



Durante la década de 1940, mientras la Segunda Guerra Mundial estaba haciendo estragos en Europa, un chico herido en el frente acababa de llegar a una granja donde se recuperaba. Había estado aprendiendo diferentes tareas como guiar a las vacas para que volvieran con él después de pastar, darles de comer, ordeñarlas, limpiarlas y también llevar los cubos llenos de leche a la nevera y luego a las mentequeras.

Un día, parte de la leche de la mantequera se le derramó por el suelo y se hallaba preocupado y afanado en limpiarla, así cogió la manguera y comenzó a limpiar. En seguida había un inmenso charco más grande que el que había creado antes de darle con la manguera. 

El granjero pasó por allí y le dijo que cuando el agua se mezclaba con la leche entonces todo parecía lo mismo, así medio litro de leche parecerán cinco. Le explicó que el truco consiste en encargarse sólo de la leche derramada, dejarla correr y lo que quede empujarlo hacia el sumidero con el cepillo, cuando el suelo esté lo suficientemente limpio entonces se podrá lavar con la manguera.

Esto es lo que ocurre con nuestros estados de ánimo, nuestros mejores intentos por disiparlos pueden empeorarlos, pero no nos damos cuenta cuando esto ocurre, como todo parece lo mismo pues lo único que conseguimos es intensificar las cosas con nuestro intento desesperado por arreglar las cosas.

Curiosamente, mientras hacemos esos intentos desesperados por arreglar las cosas y dejar de sentirnos mal, seguramente ya ni nos acordamos del estado de ánimo que había desencadenado todo el proceso y hasta se nos habrá pasado. Y todo porque estamos demasiado ocupados en tratar de reestablecer las cosas intentando librarnos de ese estado primero del que ya ni nos acordamos.

Esto ocurre porque hacemos intentos de estar bien con el mismo mecanismo con el que en realidad nos producimos el sufrimiento extra con nuestras rumiaciones mentales, y en realidad lo que hace falta es recurrir a otro modo de funcionamiento de la mente muy diferente.

Es por eso que la relajación y la meditación favorecen otra manera mental de estar, digamos otra ruta, otro modo de funcionar mentalmente, pues si queremos conseguir estar mejor con el mismo mecanismo de nuestras rumiaciones, entonces sólo conseguiremos estar peor.

Hay un libro de donde he sacado esta breve historia que recomiendo encarecidamente a todo el mundo porque aunque su título es: Vencer la depresión. Descubre el poder de las técnicas del mindfulness, trata sobre las rumiaciones que todos en alguna medida acostumbramos a tener, aunque no hayan llegado a causarnos una depresión, las mismas rumiaciones que también pueden llevar a otros problemas como el trastorno obsesivo-compulsivo o a ansiedad, etc.

De manera que hábitos mentales parecidos pueden llevar a diferentes problemas en las diferentes personas, sin embargo, siempre digo que todos estamos hechos de la misma pasta, que es la mente, y que aunque se manifieste en cada uno de una forma diferente, siempre hay cosas en común que cada uno lleva y utiliza a su estilo.

Por eso aprender una práctica para saber cambiar de modo mental de funcionamiento es asombrosamente útil. Una de las cosas que comienzo a utilizar en mis clases de relajación es la meditación, relajar primero el cuerpo y la mente es un puente muy amable para entrar en estado meditativo, donde podremos observar cómo nuestra mente cambia de modo para volver a traerlo al modo más sano, cada vez que nuestros pensamientos nos arrastran y nos damos cuenta simplemente volvemos con nuestra atención a lo que estábamos haciendo, cada vez que se vuelve a ir es una oportunidad para entrenar nuestra atención a volver.

Aquí un artículo muy interesante sobre los beneficios de la meditación del periódico El Mundo de ayer: Meditación para calmar la mente