Realidad o ficción


Nuestros pensamientos sobre nosotros mismos, o bien sobre otras personas o sobre cosas o el mundo provienen de creencias que tenemos y que forman unos cimientos en nuestra persona con las que nos sentimos protegidos y seguros ante un mundo cambiante y difícil.

Sin embargo, tenemos creencias ajustadas a la realidad y otras creencias que no se ajustan a la realidad y que seguimos aunque no tengamos pruebas de que eso sea cierto. 

Esto puede tener múltiples consecuencias, por ejemplo, vamos a ver qué pasa ante la creencia: "el enfado es algo muy malo, cuando se expresa la persona es mala, entonces como yo soy una buena persona no tengo de eso".   

Puesto que no por ello el enfado desaparece, cuando algo nos enfada, como no es nuestro, tiene que ser de alguien, así siempre va a ser de otra persona que encontremos en nuestro camino. Incluso de forma automática voy a cambiar y a distorsionar los acontecimientos para que estén en coherencia con esta creencia de que no soy yo quien tiene enfado sino los demás, y poder seguir así sintiéndome en coherencia.


Las creencias nos influyen a nosotros mismos en nuestro comportamiento y nuestra vida, y a los demás y, por tanto, los demás nos pueden influir a nosotros con sus creencias. Ese es el caso de lo que se llama profecía autocumplida.

La profecía autocumplida es una expresión acuñada por el sociólogo Robert K. Merton:

"La profecía que se autorrealiza es, al principio, una definición «falsa» de la situación que despierta un nuevo comportamiento que hace que la falsa concepción original de la situación se vuelva «verdadera»."

Por ejemplo, si alguien me ha hablado mal de otra persona diciendo que es antipática y uraña y yo lo creo tal cual, sin dudarlo, tengo ya un juicio hecho antes de conocer a la persona, un prejuicio. Vamos a imaginar que hay pruebas de que esa persona de la que se habla no es así, sino que es simpática y extrovertida. Si un día pasa a mi lado, lo más probable es que no tenga contacto visual con esa persona y no me muestre con simpatía, de manera que no voy tampoco a activar la simpatía de la otra persona. Así la influencia de mi propia conducta va a hacer que me reafirme en mi creencia falsa.

Esto puede tener graves consecuencias en la educación, pues podemos estar creando nuestra propia realidad basada en prejuicios, por ejemplo, si creo que tengo en clase niños con los que no se puede hacer nada porque me superan, entonces no voy a poner en marcha mecanismos de búsqueda de nuevas formas de enseñaza que se adapten más a las características de mis alumnos. 

O bien si tengo un alumno que tiene un estilo de aprendizaje diferente a otros, puedo pensar erróneamente que tiene menos capacidad y entonces le pondré menos tareas o más fáciles para adaptarme, haciendo así que se desarrolle más lentamente en mi asignatura.

La buena noticia es que siendo al contrario, es decir, teniendo de antemano unas creencias positivas en la propia capacidad de las personas para aprender y también para hacer el bien, podemos estar influyendo positivamente en nosotros y en los demás, así podemos ser los artífices de la creación de una realidad más amable, al menos hasta donde llega nuestro poder de influenciarnos e influenciar.